Porque el término no es novedoso, llevamos lustros trayéndolo a colación y se encuentra no sólo en el habla común de muchos países latinoamericanos, sino también en la obra de autores como el novelista y poeta Lezama Lima o, por qué ignorarlo, en el tag de un buen número de vídeos pornográficos caseros (no es imprescindible comprobarlo).
Y ese era el terrible mensaje que subyacía en el texto de Pearson. Porque el fofisano no era el fontanero del seguro o ese tío político que pasean con un transistor king size al oído mientras escucha Carrusel Deportivo con la camisa desabrochada hasta medio pecho. No. Los artículos sobre la nueva tendencia mostraban fotos de Leonardo Di Caprio, Ben Affleck o Gerard Butler. Efectivamente, alguno de los hombres más deseados del mundo. Y ahí es donde radica la trampa: lo que gusta de los fofisanos no es el tejido adiposo que cubre su vientre perfectamente bronceado, es la tranquilidad del futuro resuelto que la ha generado. Y en tiempo de crisis esa paz resulta más deseable que la de Oriente Medio.
Peor aún, si el encanto del fofisanso radicaba en la aparente desidia con la que aceptaba su transición de sólido a líquido, las gordibuenas son vendidas por sus gurús como mujeres que saben “sacarse partido”. Y cuando hablamos de partidos sabemos que hay que sudar la camiseta. Las cosas ya no son tan fáciles como sentarse en el bar a tomarse una pinta de cerveza negra. ¿Acaso es alguna vez fácil para las mujeres?
Y si el fofisano por antonomasia se encarna en un Leonardo DiCaprio tomando el sol despreocupadamente en la cubierta de un yate en St. Barts,en las listas de gordibuenas nos encontramos a Christina Hendricks, Beyoncé o Monica Bellucci tras sesiones de peluquería y maquillaje que habrían hecho perder la paciencia a un extra de Avatar.
La gordibuena conceptual tiene un cuerpo proporcionado, siempre viste ropa colorista y favorecedora, es estilosa, luce un pelo inmaculado y un cutis de porcelana, es La Bruja Buena del Norte de las gordas. Pero, ¿y qué pasa con las gordimalas?
Probablemente la gordimala también está orgullosa de su cuerpo, o tal vez lo odia, o alterna ambas fases a lo largo del día. Pero a la gordimala, al contrario que a la gordibuena canónica, nada le sienta bien. Recorre plantas enteras de centros comerciales y nunca encuentra ropa bonita que sea de su talla. Y cuando encuentra un pantalón es el único de la tienda sin chaqueta a juego. O peor, es de color teja.
De pronto la mujer gorda que no siente el más mínimo interés por “sacarse partido” se ha convertido en la ousiders de las outsiders. Y ella misma se ha cavado su propia tumba social simplemente por aceptarse como es y no dedicar su vida a modificar su aspecto para agradar a otros.
Y todo porque la gordibuena, esa mujer que no se ha visto integrada en los canones de belleza clásicos (o mejor dicho, contemporáneos), no se ha limitado a ignorarlos sino que los ha reinventado creando a su vez otros moldes que son igual de agotadores y castrantes para los que son incapaces de seguir el ritmo de las tendencias o simplemente no quieren.
En el fondo la gordibuena es el nerd que abrocha el botón de la camisa para fingirse hipster, es la renuncia al amaneramiento homosexual, es el Fratelli deforme gritando Sloth quiere a Gordi. Es vocear al mundo “quiéreme, soy un monstruo bueno, soy como tú”.